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jueves, 12 de marzo de 2015

Un momentito, por favor.


¡Menudo circo! La semana pasada me topé con un listo que pretendía aparcar sobre la acera, sin la menor consideración hacia los derechos de los peatones. Pero es que el otro día me di de bruces con una miope que no veía más allá de su nariz. Y no me refiero a falta de vista, sino a cortedad de miras.

Resultado de imagen de un momento por favorCamino de casa después del trabajo, me detuve en el super a realizar un avituallamiento de emergencia para la cena. Al llegar a la línea de caja, me ubiqué en la cola que me pareció más corta y me dispuse a aguardar mi turno. A medida que se prolongaba la espera, mi sorpresa e impaciencia se incrementaban exponencialmente mirando asombrado a la persona que pasaba los artículos por el lector de códigos.

martes, 3 de marzo de 2015

Ya, ya.

Simple Handshake Clip Art

¡Todavía no salgo de mi asombro! Hace unos días, al llegar a casa tras finalizar la jornada laboral, un coche maniobraba para aparcar y subió a la acera ocupando todo su ancho. Como no retornaba a la calzada, le hice señas para ayudarle a terminar la maniobra pero, para mi sorpresa, el conductor paró el motor y se bajó. Al indicarle que estaba bloqueando el paso de la acera, por toda respuesta, me obsequió con un elocuente “ya, ya”.

Me quedé perplejo, casi paralizado, preguntándome si no había sabido expresarle la situación correctamente o si el individuo no concedía a la circunstancia mayor importancia. Aposté por la primera posibilidad, otorgándole el beneficio de la duda, y opté por aportar un nuevo argumento al debate, ya que mi interlocutor comenzaba a alejarse del coche recién “aparcado”. Puesto que el derecho de los peatones a utilizar la acera no parecía suficiente razón para dejar el paso expedito, aventuré que si pasaba alguien con un carrito de niños o en silla de ruedas vería interrumpido su camino.

A lo que replicó, no sin razón,

martes, 17 de febrero de 2015

¿Me lo repite, por favor?

Juan Fco. Martín.

Posiblemente, si preguntásemos quién es el portero más famoso del país, seguramente no sería Iker, sino Emilio. ¿De qué equipo? Pues el de aquella loca comunidad de vecinos que tan buenos ratos nos hizo pasar frente al televisor, con sus magistrales y absurdas peripecias, arrancándonos carcajadas sin tregua. Como denominador común de las juntas, las conversaciones paralelas de temas tan dispares como peregrinos, lo mismo que discusiones sin sentido, fruto de confusiones y malentendidos, además de agendas ocultas totalmente ajenas al orden del día.

Lo mismo que aquella dorada época del cine español, con el gran Berlanga al frente y sus hilarantes historias, donde los personajes urdían las tramas más disparatadas en un continuo devenir de despropósitos, casi siempre alrededor de la picaresca y del “¿qué hay de lo mío?”

Precisamente la semana pasada

lunes, 26 de enero de 2015

Tomando café.

Juan Fco. Martín.

El otro día me tocó realizar gestiones en la administración pública. Acudí con cierto resquemor, ya que, habitualmente, significa largas esperas, cada vez más. Y no fue una excepción.

Calculadamente, me presenté a las 8:15, por aquello de buscar un equilibrio entre no retrasarme en mi trabajo y tampoco herir sensibilidades a quien pudiera parecerle temprana la hora. El caso es que la primera sorpresa desagradable fue que atendían a partir de las 9:00. ¡Como si los demás no tuviésemos derecho a planificar ordenadamente la jornada! Con resignación me dispuse a esperar pacientemente, lo que me dio la oportunidad de elaborar una hipótesis sobre la tardía hora de inicio de la atención.

Basándome en el contrastado método de la observación, tan longevo como la humanidad (también conocido como cotilleo o golizneo), constaté

domingo, 18 de enero de 2015

Aprender a aprender.


Juan Fco. Martín.

Bien dicen que los niños son como esponjas porque lo absorben todo. Y no me refiero a la etapa oral en la que descubren el sabor del mundo llevándose todo tipo de objetos a la boca, sino a su asombrosa capacidad de aprendizaje. Cada nueva situación supone una excelente oportunidad de conocer cómo funciona ese mundo, de adquirir estrategias de éxito y descartar comportamientos ineficaces.

Las teorías del aprendizaje también nos dicen que los adultos tenemos una atención y memoria selectivas, orientadas hacia aquello que nos interesa o nos resulta de utilidad. Visto lo visto, a veces creo que se trata de un deterioro de las habilidades infantiles y que vamos mermando, o limitando, nuestro desarrollo cognitivo por comodidad o tozudez.

Dejando a un lado las teorías personales fruto de la pérdida de la ingenuidad y entusiasmo infantiles, hemos “optimizado” el mecanismo para aprender lo que nos conviene, aunque no siempre sea lo adecuado. Y si no, ¿a cuenta de que viene el dicho de que las personas somos el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, por no decir dos mil?

Me explico. ¿Cuántas veces metemos la pata en la mera comunicación diaria con los demás? ¿Cuántas veces decimos alguna inconveniencia? ¿Cuántas veces ofendemos a los otros, aún sin pretenderlo, por no tener el suficiente tacto con sus opiniones y sentimientos? Lo peor de todo es que, en muchas ocasiones, ni siquiera somos conscientes, de tan centrados que estamos en nuestro propio ombligo.

Posiblemente por comodidad, nos aferramos a las cuatro reglas básicas que nos ubican con comodidad en nuestro entorno, descartando otras posibilidades o, simplemente, no molestándonos en considerarlas.

Y el caso es que no parece que hagamos mucho mejorar. Nos limitamos a pensar o decir que no nos dimos cuenta, que no tuvimos intención de causar daño o, incluso, justificaciones peregrinas alusivas a la imperiosa necesidad de aclarar determinado asunto. Así somos, más burros que los burros, con todo respeto a los cuadrúpedos, que nada tienen que ver con nuestras burradas.

La comunicación eficaz está en la raíz del progreso de las civilizaciones en todos sus órdenes: social, político, económico, laboral… Y las bases se ubican en las interacciones personales más elementales. Una vez más me refiero a la tan manida y poco explotada Inteligencia Emocional.

Comunicar, interaccionar por mejor decir, adecuadamente es el primer paso del éxitoHoy quisiera referirme particularmente a la empatía, eso que todos sabemos definir rápidamente, aunque no tengamos ni idea de lo que realmente significa ni de cómo ponerla en práctica con provecho.

La empatía representa la conexión emocional con la otra persona, implica dar la vuelta al cristal con el que miramos la situación para verla como lo hace nuestro interlocutor. Y no es fácil. Muchas veces hay intereses contrapuestos o, sencillamente, nos cegamos asumiendo que las cosas son como nosotros las interpretamos cuando, en realidad, son poliédricas, con tantas aristas como puntos de vista existan, todos igual de válidos.

Por ello, al interactuar con otras personas, seamos generosos. Demos crédito a sus razonamientos, con independencia de que no coincidan con los nuestros. No es necesario establecer una competición a ver quién tiene razón, posiblemente ambos.

Seamos inteligentes, acojamos la multidimensonalidad con los brazos abiertos y despleguemos las orejas a ver si enriquecemos nuestro, cada vez más rígido y acotado universo. Seguro que nos aportará aprendizajes de valor y nuevas e interesantes perspectivas con posibilidades insospechadas.

¡Qué diantres! Seamos valientes y recuperemos aquellas felices sensaciones infantiles de descubrir cada día el mundo que nos rodea, sólo con cambiar la forma de mirarlo.



Gracias por compartir y que tengas un estupendo día.


domingo, 11 de enero de 2015

Con mucho gusto... también en Navidad.

Juan Fco. Martín.

Una vez más, la ruleta de la vida nos lleva a la casilla de salida de un nuevo año. Atrás quedan esas tres semanas especiales que denominamos Navidad y nos sumergimos de nuevo en la rutina. Siempre me han gustado las navidades. No creo que la alegría e ilusión sea exclusiva de los niños. Posiblemente, sea un tópico al que recurrimos para enmascarar nuestras reminiscencias infantiles. En cualquier caso, las considero una excelente ocasión, excusa si lo prefieren, para la cordialidad, las bromas, exteriorizar sentimientos, compartir momentos con amigos y familia o atracarnos de todo lo que sube el colesterol y los triglicéridos.

A eso añado la espectacular escenografía, conformada por luces, decoraciones, villancicos, cabalgatas y todas las manifestaciones que las acompañan. Aunque es una locura, todos nos vemos inmersos en la vorágine de las compras compulsivas, ya sea porque hay que regalar o porque nos apetece, y todos despotricamos una vez más por lo mismo.

Aprovechando las vacaciones de los niños, o motivadas por ello, muchos disfrutan también de unos días de descanso. Hay quienes salen de viaje o quienes, simplemente, prefieren dedicar esos días a descansar y a las referidas compras navideñas.

Sin embargo, muchos otros no tienen esa suerte o esa posibilidad. Particularmente, quiero referirme a quienes no tienen trabajo y a aquellos que no les queda más remedio que trabajar en estas fechas. Respecto a los primeros, siempre incluyo

domingo, 28 de diciembre de 2014

Parece que fue ayer.

Juan Fco. Martín.

Hace escasas semanas que se celebró la final de la segunda edición de un conocido concurso televisivo de cocina con gran éxito de audiencia. Debo confesar que me cogió fuera de juego, sorprendido por lo reciente que me había parecido el desenlace de la primera entrega. Claro que, apenas unos meses atrás, me asombraba lo rápido que han pasado los años desde la “movida madrileña”, tras ver también un programa dedicado al evento. Y así, casi sin darnos cuenta, se nos va pasando la vida.

El transcurrir del tiempo es inevitable. Querer parar el reloj es lo mismo que intentar retener el agua entre los dedos. Lo que sí podemos hacer es aprovecharlo y disfrutarlo. Ello no implica necesariamente mantenerse atareados en todo momento, con cuatro o cinco calderos al fuego a la vez, puesto que, posiblemente, terminará quemándose la comida. Igual de válido es estudiar, leer, ver la televisión, dormir o charlar. Se trata de hacer lo adecuado en cada momento y, sobre todo, intentar pasarlo bien.

Efectivamente, por escasa que sea la disponibilidad que tengamos, propongámonos disfrutar de las actividades que nos ocupen y hacer lo que nos gusta siempre sea posible. En lugar de quejarnos de lo poco que podemos atender, busquemos la forma para que sean momentos de calidad. Esos que dejan la buena sensación de haberlos aprovechado, una impronta de bienestar. No siempre serán divertidos, pero igual de válida es la satisfacción que queda cuando acometemos aquello que sentimos que es nuestra responsabilidad.

Lo mismo reza en el ámbito familiar o social. Seamos conscientes de compartir buenos momentos, que merezcan la pena. Esos que, al final del día y con el paso de los mismos, recordamos con agrado. Es cierto que siempre, o casi, hay un mañana donde resolver o enmendar cuestiones pendientes pero, ¿para qué esperar a mañana? Mejor disfrutar del hoy y del mañana que perder esos momentos.

De igual forma que ocurre con las aficiones y las relaciones personales, el ámbito laboral