Quizás uno de los descubrimientos literarios más divertidos que he
disfrutado fue La conjura de los necios, del malogrado John Kennedy Tool,
hace ya un puñado de años. Zambullirse en el mundo de Ignatius J. Reilly supuso
una sucesión de hilarantes y magníficos ratos leyendo y recordando sus aventuras
y desventuras.
Aquél entrañable personaje vivía una realidad propia con una
lógica palmaria y razonamientos demoledores perfectamente urdidos. Claro que
sólo cobraban sentido para él, alejándose de toda argumentación convencional.
Era como si cambiase la perspectiva consensuada socialmente de las cosas,
tornándola en otra totalmente personal, regida por su punto de vista único. Una
versión moderna del personaje podría encontrarse en Sheldon Cooper, protagonista
de la serie televisiva The Big Bang Theory. Ambos
caracteres son brillantes, a la vez que tremendamente, infantiles y egoístas,
sin la menor habilidad, ni preocupación, hacia la armonía de las relaciones con
el resto de los mortales. De hecho, las personas con las que se relacionan son
meros instrumentos para conseguir sus fines. No obra en ellos malicia o
animadversión; sencillamente, esa forma sui
generis de entender el mundo, condiciona también su percepción de las
relaciones sociales.
Es más que posible que ni siquiera