No hace mucho vi un reportaje en televisión sobre dos hermanos de la localidad grancanaria de Tunte que, tras finalizar el, entonces obligatorio, servicio
militar, abrieron una peluquería en el pueblo. Desde entonces, se han
ocupado del corte y acicalado de cabellos y barbas de sus convecinos, hombres
y mujeres. Creo recordar que regentan el único establecimiento del lugar
dedicado a tal menester. Por cierto, los hermanos en
cuestión tienen 80 y 84 años respectivamente, y continúan en activo después de
60 años en la profesión.
Ese curioso dato contrasta, cuando menos, con el deseo de muchos de
jubilarse, incluso antes de la edad reglamentaria, para disfrutar de la llamada
tercera edad. ¿Será que los hermanos de Tunte aún no han alcanzado dicha edad?
¿Será que, de hecho, disfrutan con lo que hacen? ¿Será que hay quienes no disfrutan
de su día a día y esperan al dorado retiro para empezar a hacerlo? Como quiera
que sea, los barberos de Tunte constituyen todo un ejemplo de vitalidad y dedicación
al trabajo.
Más allá de la anécdota y del reconocimiento y admiración que merecen los
personajes, cabría preguntarse cómo