En mis años adolescentes acudía a los salones recreativos (lo llamábamos "ir al vicio") a jugar al futbolín o a las máquinas de videojuegos. Por aquél entonces, arrasaba el comecocos, con unos fantasmas que perseguían sin tregua ni compasión.
En el ámbito doméstico, teníamos las rudimentarias consolas para "jugar al tenis", con dos palos golpeando un punto, aunque la popularidad de los videojuegos caseros se extendió con los ordenadores. Uno de los más famosos desde los inicios de Windows fue el buscaminas, consistente en desplazarse por un tablero evitando "pisar" las minas ocultas.
A pesar de ser ya unos clásicos, los fantasmas depredadores y los campos minados siguen teniendo plena actualidad en la procelosa travesía del profesional autónomo. Como he declarado anteriormente, los emprendedores me merecen máximo respeto y admiración. Hay que tener arrestos para jugarse el patrimonio en aventuras empresariales inciertas, apoyadas fundamentalmente en la determinación y en la confianza en sí mismo.