La semana pasada finalizó el primer trimestre de una formación que
me trae de cabeza por lo densa y exigente que está resultando. Seguro que también
influye la pérdida del hábito de realizar cursos largos y la necesaria atención
a las obligaciones laborales. De cualquier modo, además de auténtico martirio, la
experiencia está siendo realmente positiva y de gran utilidad profesional, con
aplicación práctica al trabajo. Pero, más allá del valor instrumental, me gustaría resaltar el profundo trasfondo humano, realmente conmovedor.
Me recordó a un reportaje sobre la
construcción de las Pirámides de Egipto, que narraba la formación de dos grandes
grupos de 1000 obreros cada uno, que se llamaban a sí mismos los Amigos de Ursu
y los Ladrones de Ursu. La creación de estas gigantescas unidades productivas perseguía
incrementar los resultados mediante la motivación como palanca diferencial. La creación de la
identidad propia de equipo proporciona el empuje para compartir los objetivos y
generar los esfuerzos para alcanzarlos, fortaleciendo la cohesión interna, la
cooperación y el orgullo de pertenencia.
El caso es que la cosa empezó dos meses atrás,
