Una vez más, la ruleta de la vida nos lleva a la casilla de salida
de un nuevo año. Atrás quedan esas tres semanas especiales que denominamos
Navidad y nos sumergimos de nuevo en la rutina. Siempre me han gustado las
navidades. No creo que la alegría e ilusión sea exclusiva de los niños.
Posiblemente, sea un tópico al que recurrimos para enmascarar nuestras
reminiscencias infantiles. En cualquier caso, las considero una excelente
ocasión, excusa si lo prefieren, para la cordialidad, las bromas, exteriorizar
sentimientos, compartir momentos con amigos y familia o atracarnos de todo lo que
sube el colesterol y los triglicéridos.
A eso añado la espectacular escenografía, conformada por luces,
decoraciones, villancicos, cabalgatas y todas las manifestaciones que las
acompañan. Aunque es una locura, todos nos vemos inmersos en la vorágine de las
compras compulsivas, ya sea porque hay que regalar o porque nos apetece, y
todos despotricamos una vez más por lo mismo.
Aprovechando las vacaciones de los niños, o motivadas por ello,
muchos disfrutan también de unos días de descanso. Hay quienes salen de viaje o
quienes, simplemente, prefieren dedicar esos días a descansar y a las referidas
compras navideñas.
Sin embargo, muchos otros no tienen esa suerte o esa posibilidad.
Particularmente, quiero referirme a quienes no tienen trabajo y a aquellos que
no les queda más remedio que trabajar en estas fechas. Respecto a los primeros,
siempre incluyo
