Hace unos años, censuré los planos del metro por lo ilegible de los nombres de las estaciones, de lo pequeña que era la letra en que estaban impresos. Claro que, poco después pensaba lo mismo de los productos del supermercado al intentar leer los ingredientes que contenían. Por decirlo gráficamente, no daba crédito a mis ojos. Y resultó que, efectivamente, eran mis ojos los que habían perdido fiabilidad, por más que quisiera negarlo. Así que me rendí a la evidencia y, finalmente, me decidí a usar gafas de lectura. Decisión acertada como pocas. Cada vez que me las pongo, los planos recuperan la cordura perdida, los productos del supermercado se tornan razonables, incluso cordiales, y el mundo vuelve a ser accesible.
Puesto que la solución resultó realmente sencilla y resolutiva, ¿a cuento de qué esa cerrazón a aceptar el nuevo escenario y por qué tanta demora en tomar medidas?