El otro día me tocó realizar gestiones en la administración
pública. Acudí con cierto resquemor, ya que, habitualmente, significa largas
esperas, cada vez más. Y no fue una excepción.
Calculadamente, me presenté a las 8:15, por aquello de buscar un
equilibrio entre no retrasarme en mi trabajo y tampoco herir sensibilidades a quien
pudiera parecerle temprana la hora. El caso es que la primera sorpresa
desagradable fue que atendían a partir de las 9:00. ¡Como si los demás no tuviésemos
derecho a planificar ordenadamente la jornada! Con resignación me dispuse a esperar
pacientemente, lo que me dio la oportunidad de elaborar una hipótesis sobre la
tardía hora de inicio de la atención.
Basándome en el contrastado método de la observación, tan longevo
como la humanidad (también conocido como cotilleo o golizneo), constaté
