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martes, 11 de noviembre de 2014

Buscando a Nemo.

Juan Fco. Martín.

Qué malo es tener memoria de pez. Peor aún, un desastre. No ya olvidar eventos de hace tres meses o tres semanas, incluso, de los tres últimos días. Es frustrante no recordar tareas pendientes o informaciones de cualquier tipo. Por no hablar de asuntos programados o con plazos. Entonces ya es la caraba. ¿Y lo rojo que se queda uno cuando se difuminan conversaciones o acuerdos? Es realmente embarazoso, por no decir bochornoso. Incluso podría transmitirse la imagen de tomarse las cosas a la ligera o irresponsablemente. Vamos, todo un papelón.

Tener que retomar cuestiones resueltas previamente o volver a aprender procedimientos ya superados requiere un sobreesfuerzo y tiempo extra, a veces exasperante, nada compatibles con la productividad, por decirlo suavemente. ¿Tendrá que ver, seguro que también, el normal deterioro fisiológico que acompaña al envejecimiento neuronal?, ¿será un deficiente proceso de aprendizaje para consolidar la información en la memoria?

Como quiera que sea, no es cuestión de rendirse o conformarse; al contrario, hay que ponerse el mono de faena y al tajo. Dejando de lado los populares ejercicios de entrenamiento neuronal y los complejos vitamínicos (estoy seguro de que no hacen daño y que también ayudan), me limitaré a sugerir los remedios de toda la vida: la eterna agenda, el bloc de notas y el incombustible listín telefónico. Combinados son infalibles; se tiene toda la información ubicada en el tiempo y el espacio, y los números de teléfonos siempre a mano.

Quizá algunos, posiblemente no los más jóvenes, se vean reflejados en aquellas agendas que tenían múltiples secciones, además de las tres reseñadas, para llevar los temas al día perfectamente organizados. Eran tan prácticas que nos evitaban el engorro de volver a copiar los números de teléfono cada vez que cambiábamos de agenda, incorporando listines extraíbles, . Pero la repera fueron

jueves, 24 de octubre de 2013

No sin mi móvil.

Juan Fco. Martín.


No hace tanto que, cuando alguien entraba en un ascensor, de forma casi automática, el primer gesto era consultar el reloj. Nunca me quedó claro si el desplazamiento vertical afectaba drásticamente a la hora o si la iluminación del cubículo producía reflejos y efectos especiales en la esfera del artilugio horario.

Lo cierto es que, este gesto compulsivo se mantiene, aunque sustituyendo al reloj por el teléfono móvil. No ya porque suene o avise de un mensaje nuevo, sino que parece esconder secretos que sólo pueden ser descifrados en el breve trayecto entre piso y piso.

Desde la aparición de las tecnologías de la información y comunicación, nuestras prácticas y canales de comunicación se están modificando a una velocidad vertiginosa. Primero el telégrafo, luego el teléfono y, de forma explosiva, el correo electrónico y la mensajería instantánea desde el ordenador. Pero, en los últimos 20 años y, aún con mayor rapidez, la telefonía móvil ha supuesto la auténtica revolución de la comunicación, dando un paso de gigante con los servicios de chat y las redes sociales desde el terminal.