Desde antes de comenzar la asignatura de Personalidad, la mala fama de
borde y “hueso” precedía al “profe”, a quien ni siquiera conocía aún. Lo cierto es que
asistir a las clases de Vicente
Pelechano Barberá fue un auténtico privilegio y satisfacción, diría que lo mejor del curso. Aquel hombre, de reconocimiento y prestigio internacional, sabía de lo
que hablaba y disfrutaba compartiéndolo. Sus clases eran un continuo fluir de
conocimientos expresados con amenidad, erudición y habilidad
pedagógica. No menos cierto fue que hubo que hincar los codos para aprobar,
pero supongo que en eso consiste el trabajo de estudiante, aunque en aquella
época no estuviésemos por la labor.
El estudio de la personalidad humana ha sido muy abundante por la importancia de sus repercusiones en todos los ámbitos de la vida: