Desayunando en un hotel de una cadena española con presencia internacional (eso que ahora llaman Marca España), me sorprendí gratamente mientras degustaba el variado bufet.
El comedor, prácticamente lleno, bullía de clientes deambulando alrededor de las numerosas bandejas de comida. En consonancia, el trasiego del personal, desde y hacia la cocina, era continuo, reponiendo y acondicionando bandejas. Visto desde mi mesa, resultaba una secuencia perfectamente engranada, sin desfases entre los que vaciaban y los que reponían (al más puro estilo just in time)
En medio de este símil de baile de salón tan bien sincronizado, sus facciones delataron la discapacidad intelectual de uno de los empleados. Fue una constatación casual, casi inadvertida, no presentida a la luz de la labor que desempeñaba eficazmente en aquél trajín ocasionado por la voracidad de los clientes.