
Juan Fco. Martín.
Me confieso, siempre me han gustado las iglesias. En ellas se respira tranquilidad y, sobre todo, arte y cultura. Me gusta recrearme en la arquitectura, las tallas, las vidrieras multicolor, los cuadros, altares y demás ornamentos.
En estas estaba cuando me sorprendió un artilugio mecánico desplegándose desde la pared, resultando ser una pantalla donde empezaron a proyectarse diapositivas por un ordenador. Entre ellas, las letras de los cánticos para que los asistentes pudiesen participar en los mismos. Me pareció una fórmula genial para ahorrar costes en fotocopias y fomentar la participación con el valor añadido de la comodidad.

Me vuelvo a sorprender con la intervención del Papa Francisco el pasado domingo en la Plaza de San Pedro, ofreciendo misericordina, una poderosa medicina para el alma que se presenta en cajas de 59 píldoras. Los voluntarios empezaron a distribuir cajas, que contenían rosarios con instrucciones en cuatro idiomas, en lo que resultó ser una humorística y eficaz estrategia para fomentar este rezo.
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